El niño de Somosierra. Crimen Alcásser Por Juan Rada.


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Un camión descendía a toda velocidad por el puerto madrileño de Somosierra. Sus potentes faros rompían la oscuridad de la noche estival, mientras los neumáticos chirriaban y la carga del vehículo se tambaleaba peligrosamente. Los turismos que circulaban en sentido contrario se apartaban presurosos hacia el arcén, alarmados ante tan impetuosa marcha. En una curva volvió a derrapar y terminó volcando aparatosamente. El ambiente, en la misma linde de Madrid con Segovia, se inundó de una nube de polvo, frenadas de coches, gritos y voces ininteligibles, figuras borrosas que aparecían por todas partes… El resplandor de unos destellos azules vino a poner orden. El haz luminoso de la linterna de un guardia civil recorrió el vehículo accidentado, que estaba en la cuneta con las ruedas hacia arriba. Enfocó la cabina, presurizada y totalmente destrozada bajo la cisterna. Dentro no se observaban signos de vida.

 

Indudablemente el conductor y su acompañante, una mujer, estaban muertos. En la parte trasera del tanque de carga un letrero advertía: líquido inflamable. Por una grieta fluía con fuerza hacia el exterior un reguero de espeso ácido incoloro. Había hecho surco en el suelo y bajaba raudo por el campo. La borrosa luz del crepúsculo impregnaba de misterio el ambiente. La amanecida empezaba a ganarle terreno a las tinieblas. Las sombras nocherniegas iban dejando paso a un tenue cielo azulado. El cielo acertaba a filtrar por algún difuso resquicio un atenuado resplandor. También se empezaba a hacer la luz en la investigación del accidente. Uno más del tórrido verano, pensaban los agentes de la Benemérita. El sol abría tímidamente sus ojos, despuntando por los hombros mordidos de las montañas, hasta arrebujarse en sus crestas. La sorpresa saltó cuando la familia comunicó que en la cabina del vehículo viajaba también el hijo del matrimonio, Juan Pedro, de 9 años de edad. Pero, del niño… ¡ni rastro! El día adquiría nostalgia de noche y ésta guardaba las llaves del secreto. El chico subió al camión, para emprender viaje a ninguna parte, un 24 de junio de l986, festividad de San Juan, en que celebraba su santo. Era el premio al buen resultado escolar de fin de curso. Había aprobado todas las asignaturas de segundo de EGB. Montó en la cabina, junto a sus progenitores, todo ilusionado, porque iba a ver las olas del mar Cantábrico y las vacas pastando en los ricos prados norteños. Salía por primavera vez de Los Cánovas, una pedanía de la localidad murciana de Fuente Alamo, en busca de lo desconocido. Y, lamentablemente para cuanto le rodeaban, lo fue del todo. Su padre tenía que realizar el trayecto Cartagena-Bilbao transportando 20.000 litros de ácido sulfúrico olium, de 98 grados de pureza, con destino a una empresa petroquímica. Tras repostar en la popular Venta del Olivo, a pocos kilómetros de Cieza, siguió viaje hasta el pueblo coquense de Las Pedroñeras, aparcando en el área de descanso. El personal de la gasolinera le observó, apenas pasada la medianoche, dando una cabezada. Al rato reemprendía camino por la nacional 301. Había poco tráfico en la N-IV y pronto alcanzó Madrid. El recorrido se desarrollaba con total normalidad. Realizadas las primeras indagaciones se supo que los fallecidos eran Andrés Martínez Navarro, chofer y propietario del Volvo F-12, y su esposa, Carmen Gómez Legaz. La familia del camionero informó de que a la pareja le acompañaba el hijo. Los bomberos abrieron con cortafríos la cabina en busca del chaval, pero… ¡ni rastro! Se pensó entonces que podía haber quedado totalmente diluido por el compuesto químico, pero cuando los técnicos examinaron el escenario, tras extraer los cuerpos del amasijo de hierros, desecharon tal hipótesis. En el supuesto de que la carlinga hubiera hecho el efecto de bañera y, como consecuencia, se hubiera descompuesto el cuerpo –se necesitan dos semanas para que se disuelva un trozo de carne–, los huesos, convertidos en fosfato, habrían permanecido flotando sobre la solución. Así, el conductor tan sólo mostraba quemaduras leves, pese a la gran cantidad de ácido que le cayó encima al arrancarse la boca de la cuba. Además hay componentes que no pueden disolverse del todo: dientes, botones, suelas de zapatos… –Desde un principio tuvimos muy claro que el niño no viajaba en el camión. Así me lo confirma el general de la Guardia Civil José Luis Pardos, entonces comandante y máximo responsable de la zona en la que acaeció el suceso. Para corroborar su experta opinión encargó que trajeran un trozo de carne animal y la sumergieron en olium. Los huesos empezaron a verse afectados al cabo de cinco días. Estaba claro que era imposible que el niño se hubiera descompuesto por completo sin que hubiera quedado en suspensión absolutamente nada. Los efectivos a sus órdenes tuvieron que multiplicarse para sofocar el conato de incendio y controlar el tráfico en medio de una atmósfera insoportable, una auténtica nube tóxica. Al haberse mezclado el líquido inflamable con el rocío se produjo la ignición y, lo que era más preocupante, amenazaba con descender por la ladera hasta los márgenes de un afluente del río Duratón. El director de Protección Civil, Rafael Noja, utilizó todos los medios en el operativo para evitar un desastre ecológico de incalculables consecuencias. Además había que retirar la cisterna, el camión que subía de frente y que también volcó, coches accidentados… –La primera medida que tomé fue conseguir grúas grandes y la segunda obtener un neutralizante, concretamente 15.000 kilos de cal. La Benemérita desarrolló una masiva búsqueda del niño por los alrededores, en medio de tan intempestiva situación, con apoyo de la Cruz Roja y de la población civil, sin resultado alguno. Más de diez mil personas participaron en las labores de rastreo. Los potentes haces luminosos de las linternas escrutaron matorrales, recodos, montículos, riachuelos… Palmo a palmo, hora tras hora. Se procedió a inspeccionar la sierra en un radio de 30 kilómetros con helicópteros y canes adiestrados. Pero… ¡ni una sola marca, huella o pista! Nuevos testimonios procedentes de pueblos y estaciones de servicio, por donde pasó el camión, confirmaban que viajaba junto a sus padres. Empezaron a surgir todo tipo de hipótesis y suposiciones. El vehículo fue trasladado a Colmenar Viejo, municipio madrileño donde se instruirían las diligencias. Tras inspeccionar durante horas el habitáculo de la cabina, lo único que se encontró de Juan Pedro fue la goma de una zapatilla deportiva. Nuevamente se ratificó la imposibilidad de que su cadáver se hubiese desintegrado en tan breve espacio de tiempo. Los conductores que aquella trágica mañana circulaban por dicha carretera declararon que habían observado una Nissan Vannete blanca que precedía a toda velocidad al camión. Un par de pastores, que presenciaron el accidente, atestiguaron que de inmediato dicha furgoneta se detuvo. Al volante iba un hombre con bigote y melena, acompañado de una rubia, ambos de altura considerable y aspecto nórdico. Se acercaron a la humeante cabina. El conductor manifestó que su mujer era enfermera. Registraron el camión y, poco después, aprovechando el maremagnum, se fueron disimuladamente portando un bulto. Demasiadas han sido las llamadas desde entonces intentando facilitar datos sobre el paradero del niño. Aparentemente reales unas, fantasiosas otras… Era como si los ojos y el cabello de un intenso negro del chavea murciano aparecieran y desaparecieran por toda nuestra geografía. Incluso videntes y radioestesistas nacionales y extranjeros realizaron conjeturas, sin resultado alguno. Sus abuelos y tíos emprendieron de inmediato una campaña masiva e incansable. Tras gastase un par de millones de pesetas en una intensa labor de rastreo, solicitaron ayudas para ampliar el radio de acción. Fueron distribuidos 85.000 carteles por colegios y otros tantos pegados por toda la piel de toro con su imagen feliz, en traje de primera comunión, y la llamada de “Se busca”. Los colocaron en calles y, especialmente, en fachadas de centros escolares, ayuntamientos, oficinas de correos, etc. Esperaban que la ciudadanía respondiera a tan angustiosa demanda de los familiares. Recorrieron miles de kilómetros, atentos siempre a cualquier noticia o indicio; escudriñaron las cunetas desde Cabanillas a Burgos. También contrataron los servicios del detective Jorge Colomar, numero uno de esta especialidad. Todo en pos de que surgiera una brizna de esperanza. Hubo algún experto que se dirigió a El Caso explicando que el cuerpo descompuesto del niño quedó sepultado en el amasijo de tierra provocado por el camión al volcar la cuba. Los perros no habrían detectado restos debido a la asfixiante contaminación del ambiente. Nos desplazamos hasta el kilómetro 95 de la Nacional I con una excavadora que, ante la presencia de la Guardia Civil, perforó el suelo en busca de algún resto orgánico. Pero, una vez más, nada de nada. Mientras, comenzaron a barajarse toda clase de teorías en torno a tan extraña desaparición. Poco a poco fue adquiriendo fuerza la hipótesis de que existía alguna red de tráfico de drogas por medio. Había organizaciones que utilizaban transportes de mercancías peligrosas para trasladar estupefacientes desde puertos del Mediterráneo a Madrid y a la zona norte. La familia de inmediato trató de atajar dicha rumor: “Andrés no estaba implicado voluntariamente en dicho negocio”. Voluntariamente, he ahí el quid de la cuestión. Apuntaban algunos que podía haber sido presionado y posteriormente retuvieron al niño para garantizarse que efectuara el delictivo traslado. Tenía que haber un trasfondo en todo ello. Se averiguó que el camionero había contraído una deuda de ocho millones de pesetas, consecuencia de la reciente adquisición del vehículo, que pensaba cancelarla a plazos. Situación agravada por una importante avería en la caja de cambios y los frenos, que le supuso desembolsar otras 700.000 pts. De ahí la posibilidad de que terceras personas, conocedoras de su crítica situación, aprovecharan para ofrecerle un porte de heroína que aliviara su precaria situación económica. Agobiado ante tal coyuntura puede que, inmerso en un mar de deudas y dudas, aceptara inicialmente o que, coaccionado de modo directo, accediera a transportar el cargamento de heroína. Y finalmente que, en algunas de las numerosas paradas que realizó, desde el coche lanzadera le obligaran a dejar a su hijo en calidad de rehén, costumbre en ocasiones habitual para evitar que desaparezcan con la mercancía. Después se produjo el accidente y el niño, merced a su forzosa retención, salvó de momento la vida, pero para caer en las garras de una peligrosa banda de narcotraficantes. –El chaval iba en otro vehículo. ¿Motivo? Lo habrían cogido como garantía contra la voluntad de su padre –me manifiesta el general Pardos. Al año del suceso El Caso abría su portada, a toda plana, con el título: “El niño de Somosierra, ¿en poder del narcotráfico? Se ha encontrado heroína en la cisterna del camión siniestrado”. Informaba detalladamente de que el hallazgo de la droga fue consecuencia de una diligencia ordenada por la jueza de Colmenar Viejo, María Dolores Ruiz Ramos, y realizada por la Guardia Civil. Esta magistrada llevaba tres meses ejerciendo sus funciones en dicho juzgado y había sustituido en el sumario a María Riera. La droga estaba oculta en un bulto, enrollado en una manta, envuelto en una lona blanca y finalmente protegido por un plástico gualdo. Y situado en un compartimento, al final del depósito, cubierto de ácido sulfúrico por encima y por debajo. El propietario de la cuba, Antonio Medonio, explicó a los reporteros que la Benemérita acudió varias veces para examinar el depósito hasta que, al fin, detectaron lo que parecía ser heroína. Se mostraba convencido de la inocencia del camionero. –Pudieron quitarle al crío con amenazas para obligarle a hacer algo que no quería. Quizá lo forzaron a transportar la carga secuestrando al niño hasta que la mercancía llegara a Bilbao. En sus siguientes palabras caía en una clara contradicción. –Tenía muchas deudas. No creo que nadie esté trabajando en el tema ese por amor al arte, que mueve mucho dinero. La abuela materna del niño, María Legaz, también se refería al mismo. Pero con cierto recelo. –Unos dicen una cosa, otros dicen otra… Yo qué sé si llevaría en el camión… No lo sé. Mi yerno, aunque le hubieran apuntado con una pistola, prefiere que lo maten antes que dejar al zagal. Hay quienes sostienen que los residuos no eran de droga. Tan sólo polvo derivado de alguna prenda, una manta posiblemente, al contacto con el olium. Una versión más suave para no unir un baldón a la tragedia que vive la familia tras la pérdida de tres seres queridos. –Cerca del lugar del siniestro había un control policial. Está claro que los traficantes de droga obligaron a parar el camión y cogieron al crío de rehén, forzando circunstancialmente al padre a efectuar el transporte de droga. Así de contundente se manifiesta Juan García Legaz, primo de la difunta y que desde hace un cuarto de siglo continúa volcado en la búsqueda de Juan Pedro. Sus declaraciones en mi espacio televisivo Crímenes sin resolver fueron documentadas y categóricas. –Una red delictiva muy importante, que había detrás de todo esto, nos estuvo acosando telefónicamente para que no prosiguiéramos con nuestras indagaciones. Sabían que mientras no soltaran a su presa no había testigo alguno que pudiera denunciarles. Solicitamos la intervención de nuestros teléfonos, que se localizara a los titulares de furgonetas similares a la que se detuvo junto al camión y un montón de pesquisas más… Ni resultado ni ayuda alguna. Sobre la actuación de la Guardia Civil y la policía, no tiene dudas. –No se investigó entonces debidamente. Fueron dos primeros años vitales con muy poca atención para ayudarnos en nuestras búsqueda. Una regla de oro en la investigación criminal es que conforme transcurre más tiempo, menores son las posibilidades de aclarar el asunto. Cada minuto que se pierde juega a la contra y puede convertirse en una eternidad. –Estamos convencidos de que no ha muerto. Pero nunca retornará a su hogar por voluntad propia, salvo que lo encontremos. Cualquier psiquiatra sofrólogo sabe que, inyectándole determinados fármacos durante diez minutos, se olvida hasta de su nombre. Y en una semana, a base de sesiones de hipnosis, se le cambia su historial e ignora por completo quien fue su familia. ¿Dónde está?, es la pregunta que se hacen cuantos conocen el caso. Tal vez sólo los valles y las montañas que rodean el puerto de Somosierra lo sepan, pero su silencio es imperturbable. Nunca podrán contarlo.

 

Juan Rada El niño no iba en el camión cuando éste volcó. Lo llevaban en otro coche. El trasfondo era un porte de heroína y a Juan Pedro lo habían cogido como garantía de que la mercancía iba a llegar a su destino, Bilbao…..

según afirma Juan Rada -ex director de El Caso-, empezaron a recibir amenazas para que no siguieran investigando. Todo el asunto estaría relacionado con una operación de tráfico de drogas. El niño habría sido retenido por los narcos en el trayecto de subida del puerto, haciéndole pasar al interior de un vehículo que iba delante del camión para cerciorarse de que el camino estaba libre de vigilancia policial y el porte de droga no corría peligro de ser requisado, mientras un segundo vehículo seguía al camión. Pero en el trayecto se encontraron con un control de la Guardia Civil. Sin tiempo para avisar al camión transporte, los narcos se dieron a la fuga abandonando el alijo de droga, pero con su garantía a bordo: Juan Pedro. El segundo vehículo sería el que, al ver el accidente, había parado para recoger el alijo.

Esta teoría demostraría ser bastante sólida, porque un año después del accidente la prensa informaba que se habían encontrado rastros de heroína en un compartimento de doble fondo que había en la cisterna del trailer, lo que fue comunicado por la Guardia Civil a la magistrada María Dolores Ruiz Ramos, del juzgado de Colmenar Viejo, abriendo las puertas a la posible existencia de una red de tipo mafiosa vinculada a los hechos.

En enero de 1997, Juan García Legaz, primo hermano de la madre de Juan Pedro, solicitó a la titular del Juzgado de Instrucción de Colmenar Viejo -María Riera Ocariz- la intervención en la investigación del detective privado Jorge Colomar Pueyo, lo que le fue concedido. Juan García opinaba que las cosas no se estaban haciendo bien. No comprendía que todavía se estuviera buscando al niño por los aledaños de la zona del accidente, ya que consideraba que el niño había sido secuestrado, basándose en los datos que figuraban en el tacógrafo.

SHOW MEDIATICO EN ALCÁCER

 Uno de los crímenes que más ha impactado en la sociedad española. El primer gran reality show de la televisión en nuestro país. Reúne todos los ingredientes mórbidos: violación, tortura, asesinato, descuartizamiento… Un caso muy grave, con abundante polémica, que ha dejado demasiadas dudas. Mírian García, Desireé Hernández, ambas de 14 años, y Toñi Gómez, de 15, desaparecieron el l3 de noviembre de l992. Habían marchado desde Alcácer, localidad valenciana en la que residían, a una discoteca de la vecina población de Picassent, en la que se iba a celebrar una fiesta de su colegio. Al principio se pensó que hubieran decidido escapar. El tiempo comenzó a transcurrir sin que hubiera noticia alguna, pese a la intensa búsqueda que se desarrolló con la colaboración de los mass media. Sus cuerpos fueron descubiertos por un par de apicultores, dos meses y medio después, en una fosa excavada en un paraje del municipio de Tous. Habían sido violadas repetidas veces, sometidas a los más horribles suplicios y, finalmente, asesinadas. Un volante de la Seguridad Social hecho trizas, hallado junto a los cadáveres, condujo a la Guardia Civil hasta la casa de la familia Anglés, en el pueblo de Catarroja. El documento pertenecía a uno de los hijos, Antonio, conocido también como Sugar o Rubén, en busca y captura tras un permiso penitenciario. Allí detuvieron a su compinche y único procesado, Miguel Ricart, el Rubio. Acusó a su compañero de ser el supuesto instigador y protagonista más activo del cruel asalto. También allí comenzaba una huida rocambolesca: secuestro de un agricultor, robo de una furgoneta, salto a Lisboa, polizón en el City of Plymouth y llegada a nado a Dublín. Una historia más que dudosa. Incluso, un posible montaje para desviar la atención contra este supuesto fugitivo que no llegó a salir nunca de Valencia porque una bala, disparada con la misma pistola que mató a las niñas, le tapó la boca para siempre. Su búsqueda –denominada Operación Deseada, en recuerdo de una de las víctimas– se ha desarrollado en varios continentes. Todas las pistas han sido rastreadas e investigadas sin éxito alguno. No existe prueba alguna de que llegó a Irlanda de polizón en el City of Plymouth, como se afirmó en un principio, ni tampoco de su presencia en otros países de América donde se asegura haberlo visto. Su nombre figura en el código rojo de Interpol como uno de los asesinos a capturar de modo prioritario. Ricart cumple condena de 170 años por tres asesinatos y cuatro delitos continuados de violación. Ahora tenía que haber recuperado la libertad pero, al aplicársele la “doctrina Parot” –los beneficios penitenciarios acumulados son sucesivamente sobre cada condena y no sobre el máximo de 30 años–, no podrá hacerlo hasta el 2023. Anglés, su compañero de correrías, no ha podido ser juzgado. Es el missing más buscado de la historia reciente de España. Muchos no creen la versión oficial. Las pruebas post morten han creado demasiadas dudas al respecto. Así, el ADN mitocondrial, realizadas en base a los pelos –había cinco canas en dos de los cuerpos– y vellos hallados por el catedrático Luis Frontela y su equipo, demostró que las niñas fueron violadas por, al menos, siete personas distintas de los dos acusados, Ricart y Anglés. Sobre que un volante de la Seguridad Social fuera la pista que dejaron, muchos ponen en duda el “olvido” de tal documento. Demasiado fácil para los investigadores e incomprensible para unos profesionales del robo. Desde el principio hubo demasiadas irregularidades en el hallazgo, autopsia y diligencias posteriores. Algunos afirman que las vieron montarse en un coche diferente al de Anglés. Incluso hay quienes aseguran que los asesinos materiales fueron tres: dos principales y un tercero que se unió en Catadau, cuando aquellos suspendieron las torturas para alimentarse. “Siempre he dicho que Anglés está muerto. Desde luego, de Antonio no quedan ni los huesos” -reconocía Ricart desde la cárcel en una de sus cartas, con fecha 2 de mayo de 1999. La mecha estaba prendida. El conocido periodista de sucesos Paco Pérez Abellán, que siguió el juicio y las investigaciones posteriores, publicó el libro Alcácer, punto final y recientemente se ha vuelto a referir al tema en el primer volumen de Crimen y criminales, donde deja claro lo que piensa al respecto. “Pudieron ser víctimas de “ojeadores” de niños desprevenidos detectados con cierta frecuencia en el levante español, que se dedican a captar adolescentes con los que se organizan fiestas interminables que, como la de Alcácer, puede salir mal. Hay otros casos de desaparecidos y organizaciones que afortunadamente fueron descubiertas. Lo de las tres niñas pudo ser un encargo de forasteros poderosos”. En cuanto al missing, el profesor de criminología lo tiene claro: “Antonio Anglés es el eslabón perdido que recibía los encargos y cobraba los servicios. El único de la banda que tenía las claves y contactos para revelar el misterio, cosa que probablemente le costó la vida al poco de cerrar la fosa de la Romana con las pequeñas dentro”. Otro periodista que ha dedicado abundante espacio en su programa radiofónico es Federico Jiménez Losantos. Resume el caso como “una investigación policial y una instrucción sumarial calamitosas (…) raptadas, violadas, torturadas y muertas por una banda de la que desconocemos el número, la identidad de casi todos y la autoría intelectual, amén de extravíos que abochornan al que los conoce”. Siguiendo dentro del sector periodístico, el abogado José Emilio Rodríguez Menéndez, conocido en el ambiente judicial primero como el Turbio y desde hace bastante tiempo como Emilione, intentó una extraña maniobra. Tras adquirir la cabecera del desaparecido Ya, a fin de utilizarlo para espurios intereses, presentó en portada a Antonio Anglés en Argentina. Se le veía tomando un refresco en una terraza. “Fui yo” y “No son capaces de encontrarme” eran los titulares a toda página de sendos reportajes realizados por el propio letrado. Incluso la huella que dejó en el vaso correspondía al delincuente español. El engaño se aclaró rápido. Se trataba de un modelo argentino, de bastante parecido físico con el desaparecido, contratado a tal fin. La muestra dactilar había sido obtenida del fichero de Interpol y pegado el cambiazo para que todos creyeran que seguía vivo. ¿Qué pretendía con este montaje? La excusa del advenedizo editor de incrementar la venta de ejemplares no es consistente. Sí, en cambio, su vinculación a ciertos nombres relacionados supuestamente con la trágica historia de Alcácer. Lógicamente la rumorología se ha extendido como una lengua de fuego. Que ambos delincuentes eran simples cabezas de turco; que los cadáveres fueron trasladados a otro lugar; que al poco a Anglés lo enterraron tras un ajuste de cuentas de la banda; que la fuga fue fingida, preparada por gente con poder suficiente para suplantarle y montar cebos que confundieran a todos; la omertá impuesta a su madre, conocedora de toda la verdad, a cambio del extraño patrimonio que ha conseguido. Incluso, que se realizaron grabaciones, en sesiones de snuff movie, mientras las torturaban. Y un largo etcétera de dispares conjeturas sobre una oscura trama. La más grave, la acusación directa de que nombres de gran relevancia., algunos relacionados con la política, estuvieron implicados, dentro de su práctica habitual de “juegos” de sexo, sado y sangre; al menos en plan voyeurs. Varias webs, dedicadas a dar pábulo a tales teorías, mostraban las fotografías de los occisos ante la indignación de los familiares. Un mar de rumorología y confusionismo. En el 2003 la madre del supuesto fugitivo, Neusa Martín, solicitó que su hijo fuera declarado oficialmente muerto. Pero la causa penal continúa abierta hasta el próximo año, en que prescribirá al haberse cumplido dos décadas del triple crimen. Pese al tiempo transcurrido la impresión que ha quedado para muchos es que “no se ha hecho justicia con las niñas de Alcácer, al igual que con otros tantos casos recientes”, es la sorda indignación de la Asociación de Víctimas de Delitos Violentos. Sobre Fernando García, padre de una de las niñas, y Juan Ignacio Blanco, antiguo periodista de El Caso, pesan varias condenas por las afirmaciones que vertieron en Esta noche cruzamos el Mississipi, presentado por Pepe Navarro en Tele 5. Habían protagonizado un juicio televisivo paralelo al que se estaba celebrando en la Audiencia de Valencia, acusando a cuatro nombres muy conocidos de estar relacionados con una red pedófila. Incluso, en un programa de la COPE, que dirigía Antonio Herrero, los implicaron en la desaparición de “casi 150 niñas (…) que han podido sufrir el mismo final que Toñi, Mirian y Desirée”. Posteriormente ambos se retractaron y pidieron disculpas. Blanco escribió un grueso volumen titulado ¿Qué pasó en Alcácer?, donde vertía toda la serie de acusaciones difundidas a través de la pequeña pantalla, y que fue retirado de las librerías por orden judicial. La productora Cedipe (Compañía Europea Para el Éxito, S.L.), de Navarro, y Tele 5 tuvieron que indemnizar con cantidades millonarias a los afectados por las calumnias vertidas. Las últimas sentencias falladas contra García y Blanco les han supuesto varias condenas de cárcel y multas por las declaraciones vertidas en Canal 9, al constituir un delito continuado de injurias graves con publicidad. El ente autonómico Radio Televisión Valenciana ha sido sancionado como responsable civil subsidiario con respecto a todas y cada una de dichas indemnizaciones. Otra cadena que también dedicó abundante espacio fue Antena 3. Un dispositivo de cien profesionales se desplazó hasta Alcácer para emitir en directo el velatorio. Improvisaron un plató en la plaza del pueblo que rezumaba morbo por todo lo alto, convirtiendo la tragedia y pena en un espectáculo público. Nieves Herrero, rodeada de vecinos que sólo entendían de luto y adversidad, con los cuerpos presentes de las víctimas, amortajadas con lágrimas y olor a crisantemo, entrevistó en vivo a las abatidas familias. La periodista, con un fular de muerte y arañando cuotas de share para su programa De tú a tú, iba de modo directo y descarnado a los sentimientos: “¿Qué es lo que hay en estos momentos en tu corazón?”, preguntaba al padre de Mirian. “Dolor, Nieves, dolor”, podían haber contestado todos. Fue el primer reality show emitido en nuestro país. Aquello marcó un antes y un después. Para muchos, el inicio de la telebasura. Auténtica trash tv en pos del incremento de audiencia. Sobre Alcácer se ha vertido tinta en demasía: rumores, ataques, acusaciones, calumnias… También dudas, muchas dudas. Un auténtico escándalo mediático. Y, sobre todo, una gran incógnita que, quizá, no se desvelará nunca. Otro misterio de los ocurridos en la zona levantina. Las víctimas, una vez más, menores de edad. Una herida abierta para nuestra sociedad.

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