Logia secreta P-2 en la Mafia y la Camorra

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Según diversas investigaciones realizadas por la DDA de Nápoles en 1993 y en 2006— con la masonería derivada de la logia P2.Eliminaban ilegalmente, y a precios muy ventajosos, los residuos tóxicos de los empresarios ligados a la logia.Un sobrino de Cicciotto di Mezzanotte, Gaetano Cerci,arrestado en el marco de la operación ―Adelphi‖ sobre las ecomafias, era el contacto entre la Camorra casalesa y ciertos masones, y solía reunirse con mucha frecuencia para hablar de negocios directamente con Licio Gelli-criminalia.

Negocios que los investigadores han llegado a identificar con el volumen financiero de una sola empresa implicada, que se ha cuantificado en más de treinta y cinco millones de euros.

La detención del general de carabineros Pietro Musumeci…ha puesto sobre el tapete uno de los cánceres políticos más graves de Italia: la traición al Estado de los servicios secretos militares (SISMI), de los que el general encarcelado había sido subjefe…
… había existido siempre la sospecha…de que era imposible escribir ni entender la historia agobiadora y violenta de los últimos 20 años de vida italiana sin conocer a fondo las tramas urdidas por los servicios secretos……en la logia secreta P-2; en la Mafia y la Camorraen la estrategia de la tensión, y hasta en el Vaticano, ha aparecido siempre, directa o indirectamente, la mano oculta de los servicios de seguridad italianos……Detenido Licio Gelli, el general nombra…[a] Francesco Pazienza…
…Fue Pazlenza quien estuvo la última noche con Roberto Calvi en Londres, antes de que le asesinaran. Fue Pazienza quien trató con las Brigadas Rojas y la Camorra.(elpais.com 1984/10/28)

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La Camorra había sellado un ‘pacto de hierro’ con las Brigadas Rojas.

[El terrorista] Vicenzo Vinciguerra. En declaraciones suyas al juez Casson, confirmó que muchos de los atentados criminales efectuados por ellos en Italia fueron ordenados por Licio Gelli, el jefe de la logia P-2.

Un [ex subjefe de la] policía italiano asegura que los servicios secretos estuvieron controlados por la P-2. La Prensa italiana informó ayer que…uno de los dirigentes de la organización terrorista Brigadas Rojas, era un agente de los servicios secretos italianos (SISMI)

El ex jefe de la logia P-2 defiende a Berlusconi, su ex afiliado, en la guerra por el control de Mondadori…..Berlusconi, había sido afiliado a la P-2 de Gelli.

Según el primer ministro Silvio Berlusconi, la Mafia italiana “sólo” es la sexta ‘firma’ mundial en el mercado del crimen organizado. Sin embargo, el “soporte promocional” que recibe de la cultura italiana (libros, películas y series) fortalece a los cárteles y perjudica la imagen del país.

“Es suficiente pensar en la serie televisiva ‘La Piovra’ o en toda la literatura sobre el tema, como ‘Gomorra’“, ha explicado el ‘Cavaliere’ durante una rueda de prensa en Roma.

Así, de un plumazo, el primer ministro italiano ha mandado al garete la vieja certeza que considera que el silencio, la muy novelesca ‘omertá’, es una de las armas más eficaces del crimen organizado italiano.

Un Estado que luche contra el crimen organizado tiene que vencer este ‘silencio’. Lo afirmaron grandes personalidades de la lucha contra la Mafia, como los jueces Giovanni Falcone y Paolo Borsellino, asesinados en 1992; y lo subraya ahora el escritor Roberto Saviano, autor de ‘Gomorra’, quien ha contestado a las declaraciones del premier a través de una carta abierta publicada en el diario ‘La Repubblica’.

En realidad, Berlusconi ya había insinuado este tipo de argumentos: por ejemplo, cuando dijo que le gustaría “estrangular a los autores de la ‘La piovra’ (El pulpo)”, exitosa serie italiana de los años 80, que pudo verse en más de 80 países. Pero nunca antes se había atrevido con el intocable Saviano, cuya ‘Gomorra’ apareció publicada por Mondadori, editorial que pertenece a la familia Berlusconi.

La respuesta de Saviano

“Presidente, párese un segundo a pensar en lo que significan sus palabras para los que han encontrado la fuerza de contar y exponerse, arriesgando su propia vida“. Así empieza la carta del autor de ‘Gomorra’ en ‘La Repubblica’.

“Para las familias mafiosas, la ‘palabra’ ha representado desde siempre un ataque”, explica el escritor. “Lo que quieren es el ‘silencio’, y sólo si enseñamos al mundo cómo están las cosas tenemos la posibilidad de resistir”.

Saviano le recuerda a Berlusconi el ejemplo, casi cómico, de Michele Greco, jefe de ‘Cosa Nostra’ que murió en la cárcel y quien se defendió ante el juez echándole la culpa a ‘El Padrino’ de que en Sicilia se celebrasen procesos contra la Mafia. Según el escritor, la difusión de los valores de responsabilidad y denuncia es fundamental para poder cambiar las cosas.

“El primer ministro habría podido elogiar la legislación antimafia del país, en lugar de acusar a quien se arriesga a desvelar los mecanismos criminales”, dijo Saviano, quien ha insinuado que dejará Mondadori.

Silvio Berlusconi es propietario de Mediaset;
Mediaset es propietaria de los canales españoles
Telecinco, Cuatro, FDF, Boing, Divinity y Energy;
y desde Mayo de 2015 tiene el 40% de la televisión catalana 8TV
Según la revista Forbes, en 2011 fue la persona más rica de Italia.
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Tiroteo en la puerta de la casa del ministro Casal,fijense en el (gorro frigio)de la imagen.

Los integrantes de esta logia estaban involucrados en actividades de terrorismo y desestabilización en Italia, Argentina y otros países y entre sus miembros había destacados jueces, periodistas, militares, espías, políticos y banqueros.

Entre los libros más importantes publicados sobre Licio Gelli figura “L’ Italia della P-2”, escrito por varios periodistas italianos, Andrea Barberi, Pino Buongiorno, Maurizio De Luca, Nazareno Pagani, Giampaolo Pansa, Eugenio Scalfari y Giusseppe Turani. De ese material, publicado por Arnoldo Mandadori Editore, extraemos un cápitulo titulado “La Internacional del Venerable Licio”, escrito por Pino Buongiorno.

La transcripción del cápitulo de Buongiorno es textual y TODO ES HISTORIA no abre juicio sobre sus menciones y conceptos.

LA INTERNACIONAL DEL VENERABLE LICIO

 

 

“Pe two, pe two… ¿Qué hay de nuevo hoy?”. El general americano Bemard Rogers llegó a las ocho, puntual como todas las mañanas, a su oficina supercustodiada en el cuartel general de la NATO en Europa, el SHAPE en código, en Casteau, a 50 kilómetros al sudoeste de Bruselas. También aquel jueves 21 de mayo de 1981 encontró sobre su escritorio un expediente con el título: “Escándalo de la logia masónica P2 en Italia”.

 

“Todavía”, se fastidió el general, que como buen oficial USA no habla pensado jamás que la masonería provocara tanto escándalo. De aquella extraña logia ya había leido algo el día anterior en la revista de la NATO. Mas, verdaderamente, como habla confesado a un general italiano, aún no comprendía por qué en Roma hacían tanto alboroto. Abrió distraído la carpeta. Aquel día era más voluminosa que de costumbre. Adentro había una decena de hojas mecanografiadas. El primer encabezamiento era: Nómina de los 962 afiliados a la logia P2. Procedencia: gobierno italiano. Fecha: 20 de mayo de 1981, hora: 23.00.

 

El comandante en jefe de la NATO comenzó a interesarse. Muchos de aquellos nombres no le decían nada. Pero, en la tercera página encontró la primera sorpresa: cuatro nombres subrayados con rojo por un funcionario eficiente que quería llamar su atención. Eran los de Giovanni Toffisi, carné N° 1825, fecha de inscripción 26 de enero de 1978, jefe de estado mayor de la defensa; Walter Pelosi, expediente 754, fecha 27 de marzo de 1979, prefecto, responsable del Cesis, órgano de coordinación de los servicios secretos italianos, Giuseppe Santovito, carné N° 1630, fecha 1° de enero de 1977, general y jefe del Sismi, el contraespionaje militar; Giulio Grassini, carné No 1620, fecha 1° de enero de 1977, grado tercero. (“maestro”), general de los carabineros, director del Sisde, el servicio de seguridad interno.

 

El general Rogers sospechó: ¿Era posible que la cúpula de las fuerzas armadas y de los servicios secretos italianos estuviese toda asociada a aquella logia un poco misteriosa? Pero, las sorpresas de aquella mañana aún no había terminado. Adjunto al expediente había un informe reservado. Rogers lo leyó de un tirón: el jefe del departamento que coordina la actividad de seguridad de la NATO le señalaba que en el puesto 211 de la lista de la P2 aparecía el nombre del teniente de navío Bruno Di Fabio, carné N° 1768, fecha de inscripción 1° de enero de 1977, y una constancia de pago de una cuota de 80.000 liras, enviada por carta certificada el 24 de octubre de 1977. El oficial de la marina italiana trabajaba desde hacía un año en ese mismo comando de la NATO, en la oficina de Informaciones, a la sazón, centro de recepción de informes de los servicios secretos de los quince paises de la Alianza. Y Di Fabio no era el único piduista que prestaba servicio en la NATO. Estaba acompañado por Angelo Rega, expediente 73, código E.19.77, dirigente del Ministerio de la Industria, desde años atrás destacado en la Representación Italiana en el Consejo Atlántico. Su cargo era de carácter técnico: cooperación en el sector de producción de armas.

 

Eran noticias bombas. La P2 se había ramificado en el santuario inviolable del SHAPE. El general Rogers decide que ha llegado el momento de ponerse en claro y

convoca a una reunión de altísimo nivel. El tema: la NATO y la logia de Licio Gelli.

 

El análisis del “caso Italia” fue despiadado. Algunos oficiales del Departamento de Seguridad recordaron que desde unos tres años atrás habían comenzado a sospechar que en Italia operaba una organización encubierta, dirigida operativamente desde sectores militares, pero con fuertes intereses de partidos y grupos económicos, la que practicaba una desprejuiciada política de venta de armas, sobre todo en los enfrentamientos de los paises árabes. Además de hacer este negocio, la organización ofrecía a los adquirentes documentos top secret de la NATO. Por otra parte, un oficial americano reveló que estas sospechas quedaron confirmadas recientemente. Precisamente porque meses atrás habían sido transmitidos a la CIA por el Mossad israelí tres documentos de notable importancia estratégico – militar, interceptados en un par de paises árabes (uno era Irak), con los cuales Italia acababa de establecer importantes acuerdos para el suministro de armas. En el sello de entrada se leía claramente que los dossier habían pasado a través de oficinas italianas consideradas como áreas restringidas. El primer informe era un estudio sobre los Depósitos estratégicos de petróleo de los comandos de la NATO en Italia, con indicación de los niveles de reserva y la hipótesis de agotamiento. El segundo se refería al problema de los misiles Cruise por instalar en la península: las distintas localidades puestas a consideración, las ventajas y desventajas de las diversas zonas, también en relación con la reestructuración de la red ínterradar emplazada en el Mediterráneo. El tercero, finalnente, se trataba de un proyecto de posibles recorridos “standard” y de “emergencia” de los aero – laboratórios Awacs en el centro y en el sur de Europa.

 

Ahora resurgia la necesidad de individualizar a toda costa a aquel grupo que operaba en Roma. La investigación se había intensificado aunque con escaso éxito. Sólo hoy, fue la conclusión de aquella reunión cumbre, acaso la verdad esté cerca: con la nómina de los altos oficiales afiliados; con la destacada corte de funcionarios y dirigentes de la industria armamentista; con aquel Maestro Venerable, desprejuiciado y cínico que se proclama anticomunista y luego hace negocios, sobre todo con Rumania, la logia P2 tiene todas las características de aquella lobby oculta que vende carros armados y corbetas regalando también secretos de la NATO.

 

Para Rogers esta evaluación, aunque sin pruebas ciertas, fue más que suficiente. Aquella misma tarde interviene ante el Presidente del Consejo, Amaldo Forlani. Los altos oficiales que figuraban en la lista, según el general americano, tenían un solo deber: resignar sus cargos. Si no lo hiciesen enseguida, haría suspender sus permisos de seguridad (Nos) que la NATO otorga para acceder a los secretos y participar de las reuniones de la Alianza Atlántica. Era un escándalo de proporciones gigantescas. Forlani obedeció: Torrisi, Pelosi, Santovito y Grassini fueron separados de sus cargos. Por su parte, el joven teniente Di Fabio, un oficial dinámico, ambicioso y con la posibilidad de desarrollar una brillante carrera en los servicios secretos italianos, de inmediato voló a Roma.

 

Si hubiese sido por Alexander Haig predecesor del general Rogers en el comando de las fuerzas aliadas en Europa y desde enero de 1981 secretario de Estado americano, a la logia de Licio Gelli se le hubiese prestado mayor atención. “¿Qué me dice de Mr. Gelli, su compatriota?”, preguntaba Haig cada vez que en Bruselas encontraba a un diplomático italiano. A menudo las respuestas eran desmayadas: no todos conocían al Maestro Venerable. Haig, en cambio, demostraba saber muchas cosas de Gelli. Le habían hablado, sobre todo en Estados Unidos, unos muy mal y otros muy bien. Recordaba por ejemplo que la masonería americana lo había puesto en el indice después de una investigación realizada en Italia por el vice Gran Maestro de la Logia de Nueva York, el juez Charles Frossel. El fallo había ratificado la excomunión del jefe masón en Estados Unidos.

 

“La P2”, había sostenido Frossel, “es una carnavalada útil sólo para los intereses personales de Gelli y de sus acólitos. Exactamente lo contrario a los ideales masónicos”.

 

Mas Haig tenía en mente también la óptima referencia dada acerca de Gelli en el aaño 1969, cuando trabajaba como segundo de Henry Kissinger en el staff para la Seguridad Nacional del presidente Richard Nixon: “Licio Gelli puede ser un peón para contrarrestar la influencia comunista en Italia”. Este juicio le interesaba más a Haig que las controversias masónicas.

 

A los ojos de los gobernantes americanos, Gelli siempre ha hecho lo posible para acreditar su imagen de paladin anticomunista. No conocía bién el idioma inglés, pero a través de sus arrebatos contra el PCI y la izquierda en general, los amigos de Michele Sindona rescataban aquella imagen. Uno en particular, Philip Guarino, ex sacerdote, masón declarado, simpatizante de la extrema derecha. Se encontraban en Nueva York, en el hotel Pierre, en el lujoso departamento de Sindona y hablaban siempre de las mismas cosas cómo ayudar a Michele y cómo defender a Italia de la amenaza de Moscú. Guarino era siempre el más fiel intérprete de las sugerencias de Gelli. Fue uno de los primeros en firmar la declaración jurada en favor del ex financiero siciliano para evitar su extradición a Milán. Asimismo, tuvo a su cargo la organización, en vísperas de la campaña política de 1976, del comité “Americans for Mediterranean freedom” (americanos por la libertad del Mediterráneo), una entidad que se proponía servir de dique a la avanzada comunista. Además invitó a tomar parte en aquella a Walter Rostow, ex consejero del Departamento de Estado y de la Casa Blanca, y a Claire Boothe Luce, ex embajadora de Estados Unidos en Roma, distinguida por su posición reaccionaria. Confió la imagen pública a John Connally, apodado Big John, riquísimo abogado tejano, que había sido ministro del Tesoro de Estados Unidos durante el gobierno de Nixon y asistente de prensa en la Casa Blanca.

 

Connally ya se había interesado en los acontecimientos italianos durante los primeros meses de 1943, cuando había formado parte del grupo de expertos que formuló los planes para la campaña de Italia. Un verdadero volcán de iniciativas, como su amigó Gelli. Guarino envió tres veces, entre el ’76 y el ’78, a Connally a Italia para estudiar la mejor manera de bloquear cualquier acuerdo entre la DC (Democracia Cristiana) y el PCI. Entonces Connally encontró a Giulio Andreotti, “un viejo amigo”, decía “un hombre de Estado digno de admiración”. Entre una y otra visita el político americano logró ocuparse también de negocios. Primero se puso a la cabeza de un grupo de tejanos que querian comprar, en el otoño del ’77, a la IRI la sociedad Condotte, dirigida por Loris Corbi que, en aquel periodo, según las cartas de Gelli, ya se había afiliado a la P2. Luego decidió salvar la Inmobiliaria, el Grupo ya controlado por Michele Sindona. Finalmente trató con otro amigo de Gelli, Francesco Cosentino, entonces presidente de la Ciga, la compra de las propiedades que la sociedad tenía en Francia.

 

Siempre atento a no atarse más a un solo carro, el jefe de P2 en aquel mismo periodo logró estrechar amistades en el Partido Demócrata, explotando abusivamente, como han reconocido después los jefes de la logia americana, las credenciales masónicas. Le fue fácil así dar un golpe importante: en enero de 1977 se hizo invitar a titulo personal a la ceremonia de toma de posesión del mando del nuevo presidente de Estados Unidos, Jimmy Carter. Una invitación de la que por años ha alardeado por todas partes y que le ha servido también en Italia para acrecentar la fama de hombre poderoso que había llegado a la misma Casa Blanca.

 

No obstante el importante favor que le había hecho, aquel presidente no le gustaba del todo a Gelli. Lo encontraba demasiado débil y dócil con la Unión Soviética, en tanto intervenía duramente en los países sudamericanos acusando a aquellos regímenes que no eran de su agrado de violar los derechos humanos. Había llegado, y ésto le pareció el colmo a Gelli, a cortar la ayuda económica a tales regímenes. Así, cuando surgió la candidatura de Ronald Reagan en oposición a la de Carter para las elecciones presidenciales de 1980, el Maestro Venerable le escribió a Guarino, por entonces uno de los miembros más influyentes del Comité Nacional Republicano, poniéndose a su entera disposición. “Si tú creyeras oportuno difundir en Italia alguna información favorable a vuestro candidato a la presidencia, mándame el material y haré publicar en cualquiera de nuestros diarios lo que envíes. Aquí se habla muy bien de Reagan”. Y veinte días después de la victoria del ex actor de Hollywood, en el colmo de la alegría, también por la designación del general Haig en la Secretaria de Estado, a quien apreciaba muchísimo, mandó un regalo al nuevo presidente: una Biblia en latín ilustrada por Salvador Dali, “que forma parte” escribió en la tarjeta que la acompañaba, con algo de coquetería y bastante mal gusto, “de la apreciadisima y única edición del año 1950 de sólo 950 ejemplares hoy inhallables”. Adjunta al regalo una colección de articulos de diarios italianos sobre el nuevo presidente. “En su mayor parte han sido realizados bajo mis indicaciones”, alardeó. Y también esta vez hizo lo imposible para hacerse invitar a la ceremonia de asunción del flamante mandatario. El 6 de enero de 1981 estaba en la comida del presidente americano. “¡Sugestiva esta fiesta!’, dice feliz al fiel Guarino. “Con Reagan los Estados Unidos volverán a ser una potencia”. Gelli ocupa uno de los mejores puestos, en la primera fila, junto a embajadores y altos funcionarios americanos.

 

Siempre había tenido debilidad por ese tipo de ceremonias. Elegantísimo, con smoking y moño mariposa, también el 13 de octubre de 1973, Gelli estaba presente en la ceremonia de asunción de un nuevo jefe de Estado: aquélla en honor del general Juan Domingo Perón, por tercera vez en el poder en la Argentina, y de su mujer, María Estela Martínez, apodada Isabelita, nombrada vicepresidente. Aquel día, en verdad, se sentía él, más que la pareja, el festejado. Estaba firmemente convencido de que si aquella fiesta se podía celebrar con tanto fasto, era por la presencia de autoridades de todos los paises, como Giulio Andreotti, llegado expresamente de Italia, y el mérito era todo suyo. ¿Quién si no él había sido el artífice del retorno de Perón al poder?

 

También el dictador lo había reconocido y, para recompensarlo, ocho días después, una vez terminados los festejos, lo invitó a la Casa Rosada, y le puso sobre el pecho la “Gran Cruz de la Orden del Libertador San Martín”, la máxima condecoración argentina. También le había hecho saber, lo que incrementó su orgullo, que José de San Martín, héroe de la Independencia, era masón.

 

Gelli había conocido a Perón a comienzos de 1971. Se lo había presentado en la villa ” 17 de Octubre”, de Puerta de Hierro, en Madrid, donde el general vivía en el exilio después del golpe de Estado de Eduardo Lonardi, uno de los “hermanos” de la P2, Giancarlo Elía Valori. “Si Perón accede de nuevo al poder” -había dicho excitadísimo Valori a Gelli antes de partir de Roma a Madrid – “las industrias italianas, más bien, ¿qué digo?, las industrias de la Comunidad Europea se beneficiarán”. Y el jefe de la P2 lo había seguido porque sabia que Valori, a pesar de su trabajo aparentemente insignificante (era funcionario de la RAI), desarrollaba una serie de actividades encubiertas de gran importancia. Valori era un poco como él. En efecto, hacía de maestro de ceremonias a Amintore Fanfani, el brasseur d’affaires de la Fiat, la eminencia gris para un par de cardenales de la curia romana. Pero, particularmente desde unos años atrás, era el embajador personal del dictador argentino con la misión de organizar su retorno a la patria. Y Gelli estaba ansioso por conocer a aquel general coetáneo de Hitler y de Mussolini, anticomunista apasionado, pero también astuto para comprender que con los países marxistas se deben hacer negocios porque rinden, fundador del movimiento “justicialista”, que retomaba viejos principios de la República Socialista: populismo, demagogia y nacionalismo. En efecto, el Maestro de la.P2, de pronto se da cuenta de que no se había equivocado al seguir al fiel Valori, tanto más por cuanto el viejo dictador le había presentado a su secretario privado, con el cual se entendió a la perfección, lo que le permitiría ganar terreno. Era José López Rega, ex cabo de la policía, gorila y mayordomo del general, gestor del encuentro de Perón con Isabelita, una ex bailarina de los night de Panamá, pero ante todo, masón puro, cultor de ritos esotéricos, de la magia y de la astrología.

 

Aquel día Gelli prometió a Perón que lo ayudaría, también porque en su corazón pensaba que una vez vuelto al poder aquel dictador, se abrirían para él las puertas de un nuevo mundo y sus tentáculos se prolongarían hasta Sudamérica.

 

El jefe de la P2 comenzó a ocuparse personalmente como lo han revelado altos signatarios del Palacio Giustiniani, de la venta de todo el oro que Perón se había llevado con él en el momento de la fuga y que debía por fuerza ser transformado en dinero para financiar el regreso a Buenos Aires. Y ahora, en pareja con Valori, movió a sus amigos en el Vaticano para hacer levantar la excomunión que había sido dictada contra Perón poco después de la caída, en 1955, por el Papa Pío XII, por haber expulsado a dos obispos de la Argentina. Quedaba un último obstáculo: convencer al más obstinado enemigo de Perón, el ex presidente Arturo Frondizi, para que fuera a pactar con él. La misión le fue confiada a Valori, quien voló a la Argentina el 12 de marzo de 1972 y logró llevar a Frondizi a la villa madrileña del General. Para el regreso sólo faltaba tomar el avión. Como de costumbre, Gelli y Valori hicieron las cosas a lo grande: fletaron sin más rodeos un DC8 de Alitalia. Perón partió de Roma y el 17 de noviembre de 1972, después de 17 años de exilio, regresó a Buenos Aires. En el aeropuerto de Ezeiza llovía. Valori fue el primero en bajar del avión; se hizo dar un paraguas y esperó paciente al pie de la escalera. Luego tomó el brazo de Perón ubicándose a su izquierda, en tanto Isabel hacia lo propio por la derecha y se dirigieron a la sala VIP. Era el triunfo de la P2 en la Argentina.

 

Gelli esparció por Roma la versión de que Perón era un queridísimo amigo, casi una criatura suya. Y a los más escépticos (“es el acostumbrado fanfarrón”) dio una demostración cuando en febrero de 1973, el dictador, su mujer Isabelita y López Rega volvieron a Europa por algunas semanas. Los hospedó en la villa recién adquirida en Lebole, sobre la colina de Santa María de las Gracias, en Arezzo. Los llevó de paseo y, para hacer ver que también tenía amigos de sangre azul, los condujo a la finca del duque Amedeo d’Aosta, en San Giustino Valdarno, a pocos kilómetros de Arezzo.

 

Todo estaba pronto para el gran salto más allá del océano. No era la primera vez que Gelli viajaba a Sudamérica. Según un informe del Departamento de Informaciones del Frente Amplio, la organización uruguaya de resistencia a la dictadura militar, inmediatamente después de la guerra había llegado a Sudamérica para reencontrarse con algunos camaradas allí refugiados, pero esta vez quería volver con todas las credenciales en regla. También aquellas masónicas. Fue a lo del Gran Maestro Salvini y le pidió que le preparara una carta de presentación oficial: “Licio Gelli representa al Gran Oriente de Italia ante la Gran Logia de la Argentina”. Con esta presentación, en setiembre de 1973, golpeó a la puerta de Alcibíades Lappas, uno de los mayores productores de piezas de plata, secretario de la masonería argentina. Le habló de su logia, “la más importante de Italia”, se vanaglorió “la flor a los ojos del Gran Oriente con tantos diputados, ministros, generales y empresarios”. Le dice que quería conocer también en Buenos Aires a la gente importante. Y Lappas, un poco impresionado por tanta intromisión, le contestó presentándole a los “hermanos sudamericanos”. A los más famosos, naturalmente.

 

Igualmente, Gelli tenía un proyecto para la Argentina: organizar una logia encubierta con la participación de los jefes de las Fuerzas Armadas, de los principales industriales y de los políticos más destacados, un modo de tener siempre el control político del país. A la logia le dio un nombre: Pro-Patria, esto es, como explicó, propaganda patriótica, una sigla que le recordaba un poco la suya, P2, y un poco sus principios nacionalistas. El primero en seguirlo fue, naturalmente, López Rega, que, a la sombra de Perón se volvía cada vez más importante, ya sea como consejero político o como ministro de Bienestar Social, una cartera clave del gobierno argentino. Alistó luego a Alberto Vignes, alto dignatario de la masonería argentina y ministro de Relaciones Exteriores; a César de la Vega, Gran Maestro de la logia de Buenos Aires de 1972 a 1975 y embajador primero en Dinamarca y luego ante la UNESCO; a Guillermo de la Plaza, embajador en el Uruguay; a Raúl Alberto Lastiri, presidente del Senado y yerno de López Rega; a Federico Barttfeld, un ambicioso diplomático, agregado comercial a la embajada argentina en Roma.

 

Y todos fueron afiliados de oficio también a la P2. Para hacer nuevas amistades comenzó a frecuentar los congresos masónicos que se realizaban en Sudamérica. A fines de octubre de 1973 participó, junto a López Rega y a Bindo Corradi, que representaba al Uruguay, en una importante reunión panamericana que tuvo lugar en Buenos Aires. A medida que crecia su influencia en la Casa Rosada y en los ministerios, Gelli entró en conflicto con Valori, quien trataba de mantener a toda costa aquel papel de interlocutor privilegiado del poder político y económico argentino que había tenido hasta la llegada del jefe de la P2. “Yo he estado para allanarte el camino y ahora no acepto pasar a un segundo término”, le gritó Valori un día. Y Gelli, habituado a no compartir nada con nadie, lo expulsó de la logia. Posteriormente le aplicó un castigo; tras haberse enterado por López Rega de que Valori andaba hablando de él con Perón, le hizo advertir por el jefe de la policía que no deberia poner más los pies en la Argentina. “Mario, si alguno busca a Valori mandámelo a mí. He tomado su puesto”, ordenó en abril de 1974 al portero del hotel Claridge, donde había fijado su cuartel general en Buenos Aires.

 

Tras librarse de un peligroso competidor, Gelli vivió sus días de gloria a la muerte del viejo Perón, el 1° de julio de 1974. Formalmente asumió el poder Isabelita. En realidad, al mando estaba López Rega, que desde aquel día no fue tan sólo “el brujo” sino también el “Rasputin de la pampa”, porque como el lúgubre monje ruso que había plagiado a la zarina Alejandra, había sometido completamente a la descolorida Isabelita.

 

En aquel clima de violencia que los escuadrones de la muerte de la Triple A, organizada por López Rega, volvían cada día más candente (los muertos hasta el golpe de estado de 1976 que depuso a Isabelita fueron más de 2.000), con una crisis económica agudísima (la tasa de inflación era superior al 600 por ciento), el jefe de la P2, en compañía de los “hermanos” de la Pro-Patria, se encontró a sus anchas e hizo los mejores negocios.

 

El 13 de setiembre de 1974, después de adoptar la ciudadanía argentina (se lo permitía la Ley 282, en virtud de la cual todo ciudadano italiano puede nacionalizarse argentino y viceversa), fue acreditado como consejero económico de la embajada argentina en Roma. Un procedimiento ordenado personalmente por López Rega y avalado por otro masón, el ministro de Relaciones Exteriores Vignes, que de hecho otorgaba a Gelli de ahí en más un poder excepcional: el de tramitar todos los negocios entre Italia y la Argentina.

 

Tres meses más tarde, a mediados de diciembre de 1974, en un DC 8 especial el jefe de la P2 voló a Libia en compañia de López Rega y otros cien funcionarios argentinos. Con el coronel Muammar Kaddahafi trató durante más de un mes la compra de petróleo para la Argentina, pero a un precio notablemente superior al fijado en aquel momento en el mercado libre de Rotterdam. Esto se descubrió meses después, cuando el negociado fue denunciado por el diario de la vieja burguesía “La Prensa”. López Rega fue explícitamente acusado de haber fijado el precio en aquel contrato y de abrir una serie de cuentas numeradas en Suiza. Y Gelli, desde aquel día, según un informe de los servicios secretos argentinos, preparado después del estallido del escándalo de la P2, aumentó notablemente su influencia en la banca sudamericana.

 

Por último, en la primavera de 1975, a instancias de López Rega, que había soñado siempre con la idea de una masonería “sinárquica” (una tercera potencia mundial capaz de equilibrar los bloques opuestos del imperialismo americano y soviético), fundó la OMPAM, organización mundial del pensamiento y de la asistencia masónica, a la que deberían adherir sobre todo los paises del tercer mundo. Con su acostumbrada modestia se autoproclamó secretario de la organización. La finalidad, como se desprende del artículo 41 de la Constitución de la OMPAM, era desatinada: “Ofrecer asistencia para la solución de problemas internacionales mediante la coordinación de todas las fuerzas masónicas de los paises interesados de manera de favorecer y posiblemente alcanzar una equitativa composición de reivindicaciones, divergencias, enfrentamientos suscitados por causas de naturaleza religiosa, social, económica y política”. Y entonces: la OMPAM deberia “proveer acciones intermediarias, a pedido de los Estados y de los organismos en pleito, valiéndose de las instituciones masónicas de las naciones interesadas, cuyo espíritu de universalidad está por sobre toda ideología política y confesión religiosa, para contribuir a reforzar iniciativas tendientes a resolver pacíficamente las controversias”. Para un proyecto tan grandioso Gelli encontró también la sede apropiada: un palacete de tres plantas, con una treintena de habitaciones, salones y jardín en pleno centro de Roma, a pocos pasos de la vía Veneto. Los fondos los recolectó en Brasil al convencer a la Gran Logia Masónica de Guanabara (Río de Janeiro) para que le concediera 8 millones de dólares “la fuerza del amor necesita sustituir el equilibrio del terror”, andaba repitiendo para ahuyentar las dudas de los más reacios. Sin embargo aquel proyecto no caminó: ni el duque de Kent, Gran maestro de la Gran Logia Unida de Inglaterra, máxima autoridad masónica mundial, ni la poderosísima Gran Logia de Nueva York quisieron conceder su reconocimiento a la OMPAM, desconfiando totalmente de los buenos propósitos de Gelli. Y si lo hubieran hecho, también los “hermanos” de la Logia de Guanabara hoy no habrían sido expulsados de la masonería brasileña. Y tampoco habrían terminado bajo investigación con la acusación de “haber enviado ilegalmente capitales a Italia para inversiones inmobiliarias y para la compra de empresas estatales y “paraestatales italianas”.

 

Y llegó también el mal dia de la expulsión de López Rega, condenado a muerte por los Montoneros, odiado por la izquierda peronista, despreciado por los lideres políticos que, sin embargo, habían dado su apoyo político a Isabelita, odiado además por el Ejército. El pretexto fue una huelga general en Buenos Aires, en julio de 1975: “Ladrón, asesino, torturador” gritó la muchedumbre delante del Ministerio de Bienestar Social, a dos pasos de la Presidencia. Isabelita aquella vez no pudo defender a su consejero amante y lo hizo escapar. Gelli, naturalmente, le cuidó los flancos. Primero le dio un refugio en Italia, luego lo mandó a España, seguidamente lo hizo someterse a una intervención quirúrgica para cambiar el rostro, finalmente le consiguió sede fija en Suiza. El ingente patrimonio de López Rega ya estaba seguro en las cajas de Zurich y no le habría sido difícil vivir en paz y en lujo. “Vendré a encontrarte seguido”, le prometió, y, en los años siguientes, mantuvo la palabra: por lo menos cada dos meses invitaba a los “hermanos” más íntimos: “Voy a Suiza, a casa de José”.

 

Gelli se dio cuenta de que sin LR la presidencia de Isabelita tendría los días contados. También él juzgaba a la viuda de Perón con desprecio y se había habituado a llamarla, como casi todos los argentinos, la “copera”, aquella que hace beber las copas de champaña en los nights; I’entraineuse, en suma. Sé buscó nuevos aliados y también esta vez sacó provecho del vínculo masónico. Visitando las logias argentinas y participando de los congresos masónicos en Sudamérica, se había acordado que el cuerpo militar más representado entre los “libres albañiles” de la pampa era el de la Marina, también por una vieja tradición: muchos oficiales argentinos habían pasado por la escuela   de la Royal Navy inglesa, desde siempre fragua de masones. Gelli puso los ojos precisamente en el jefe de la Marina. Le conocía virtudes y defectos que sólo él habría podido cultivar y explotar: el fanatismo; la admiración ciega por el dictador chileno, el masón Augusto Pinochet; la ambición desenfrenada por el liderazgo político; la pasión por las mujeres bellas; el juego y el lujo, tanto que en Buenos Aires lo habían apodado “el almirante en blue jeans”. Se lo presentó el capitán Carlos Alberto Corti, eminencia gris del comandante de la Marina, ya afiliado a la Pro-Patria. Y también esta vez Gelli demostró haber escogido el caballo apropiado: el 24 de marzo de 1976, precisamente Massera, junto al jefe del Ejército, Jorge Videla, y al comandante de la Fuerza Aérea, Ramón Agosti, depuso a Isabelita.

 

Se iniciaba el período más negro de la reciente historia argentina: 20.000 desaparecidos, millares de presos politicos torturados, otros dos millones de personas obligadas al exilio. El mismo Massera se distingue por la ferocidad represiva: bajo sus órdenes operaban los despiadados torturadores de la Escuela de Mecánica de la Armada. “La acción que desarrollamos es más dura que la de cualquier guerra conocida, porque ésta es la lucha del bien contra el mal”, dijo en una oportunidad procurando encontrar al menos un apoyo moral para aquellas masacres.

 

Pero estas cosas a Gelli no le interesaban mucho. Lo importante para él era quedar a flote con los nuevos patrones de uniforme y no interrumpir los negocios de primera. Mejorarlos, si era posible. Y así lo hizo. Ante todo fue confirmado en el cargo en Roma. En esta oportunidad, quien firmó la medida fue Walter Aliara, subsecretario de Relaciones Exteriores, fidelisimo a Massera. Casi todas las relaciones económicas ítalo-argentinas debían pasar ahora a través de ti. Dio también mucho trabajo: en 1977 Italia estaba en primer lugar entre los países que habían invertido capitales en la Argentina y en segundo en el intercambio comercial. A Gelli se dirigió también Lucien Sicouri, presidente de la Italimpianti de Génova. Junto con un grupo canadiense Sicouri había ganado la licitación del contrato para la realización de la central nuclear de Córdoba, uno de los más importantes centros de la Argentina. El contrato se había firmado cuando aún estaba en el poder Isabelita. ¿Qué podría suceder con el nuevo régimen? “Ningún problema”, le aseguró Gelli. Y lo afilió también a la P2, “Así será más seguro”. Lo mismo hizo con Loris Corbi, presidente de la Condotte, en carrera por un importante contrato ferroviario.

 

Se ocupó luego del ingreso de la Rizzoli en la Argentina. La editorial italiana compró en 1977 el 50 por ciento de las acciones de la “Editorial Abril” (la otra parte fue adquirida por la empresa ítalo-argentina “Celulosa”). A cambio del aval de la junta militar para concluir las operaciones, Gelli hizo aceptar a la Rizzoli una serie de pesadas condiciones: el control de la línea política de las publicaciones, la posibilidad de vetar a sus directores y, finalmente, el retiro del corresponsal del “Corriere della Sera” en la Argentina, Gian Giacomo Foa, malvisto por los militares por los artículos que denunciaban la sanguinaria represión en acción en el país.

 

Pero el más grande negocio Gelli lo vislumbra en la compra de armas.. Los triunviros Videla, Massera y Agosti habían asignado una cifra monstruosa para el equipamiento del Ejército, de la Marina y de la Fuerza Aérea: 6.000 millones de dólares, para gastar dentro de 1980 a toda costa. El jefe de la P2 no deja escapar la muy apetitosa ocasión. Hace invitar a Italia a Massera para concluir acuerdos para la provisión de fragatas Lupo, sistemas misilísticos y preparación electrónica naval. No obstante una fuerte oposición parlamentaria, el 24 de octubre de 1977 Massera estaba en Roma, naturalmente en el hotel Excelsior. Gelli logró también hacerlo recibir por Giulio Andreotti, presidente del Consejo en esa época, que se apresuró a explicar inmediatamente después de aquel encuentro: “He recibido a Massera en forma privada”. Asimismo lo llevó de visita a los astilleros de la Oto Melara de La Spezia. Mas tuvo una sorpresa brutal: los sindicalistas habían declarado una huelga general en señal de protesta por la llegada de “uno de los miembros de la tristemente famosa junta militar argentina”. El almirante anduvo enfadado y partió inmediatamente hacia Alemania, abandonando en Roma, en la suite del Excelsior, los preciosísimos libros de arte que la Rizzoli le había regalado. De las fragatas Lupo no se quiere saber más y para nada sirve el viaje a Buenos Aires, del 25 al 28 de agosto de 1978, del almirante Giovanni Torrisi, jefe de estado mayor de la Marina, al cual Gelli hizo de anfitrión. Más afortunado fue el jefe de la P2 con el radar y los misiles de la Selenia. El contrato anduvo bien y, a cambio, el presidente de la sociedad, Michele Príncipe, se afilió a la P2.

 

A medida que los golpes salían bien, Gelli acrecentaba su fama, poder y riqueza. Se vinculó además a otro importante militar, el general Carlos Suárez Mason, uno de los exponentes más reaccionarios, comandante del primer cuerpo de ejército, con sede en Buenos Aires. Lo había enrolado en la Pro-Patria y, de oficio, en la P2. Podía ser él, de un momento a otro, el nuevo “caudillo” en condiciones de tomar las riendas de un país que estaba cada día más destrozado (inflación del 140 por ciento, los precios de los servicios aumentados en un 50 por ciento, los de los hidrocarburos en un 69 por ciento, los transportes subterráneos en el 50 por ciento, los ferroviarios en un 70 por ciento y los salarios bloqueados en los niveles de 1975). No se dio, pero Gelli anduvo bien igual porque Mason llegó a la presidencia de YPF. el ente petrolífero del Estado, un sector que apreciaba muchísimo.

 

Pensó también que había llegado el momento de invertir las enormes ganancias. Compró departamentos en Buenos Aires y haciendas en el interior del país; entró como socio en la empresa de búsqueda petrolífera submarina; compró acciones de la sociedad de exportación de carne. El creía verdaderamente en el futuro de los bistés de la pampa. Con cerca de 35 millones de cabezas bovinas para 25 millones de habitantes, con una hectárea de tierra por cada novillo; estaba convencido de que la carne en la Argentina era lo que el petróleo en Arabia Saudita. Costaba poco y era buenísima. En Italia se hace promotor de una campaña para hacer abolir el límite fijado por la Comunidad Europea para la importación de carne de los paises sudamericanos (no más de 10.000 toneladas al año). Lo iba diciendo frecuentemente a sus “hermanos” del Parlamento. Lo repitió también, con no poca ironía, al periodista Maurizio Costanzo en su entrevista proclama de octubre de 1980: “En Italia la carne tiene un precio promedio de 13 dólares por kilo, incluidos los estrógenos. Si en cambio fuese consentido por los países de la Comunidad el aprovisionarse en los países de América centromeridional, tendríamos la carne libre de estrógenos y a un precio cercano a los 5 dólares el kilo”. Mas no lo decía ciertamente sólo por hacer el gusto a los administradores italianos.

 

La orquesta alternaba apasionados tangos argentinos y viejas melodías napolitanas. Algunas parejas bailaban exhibiéndose en pasos falsos y cambiados. Los ventiladores a paletas atenuarían a medias el calor de aquella húmeda noche de pleno verano.

 

El salón de fiesta estaba colmado; había cerca de doscientas personas. Estaban allí el Gotha militar del Uruguay, algunos diplomáticos acreditados en Montevideo, una decena de riquísimos terratenientes llegados del Paraguay y distintos políticos argentinos. Umberto Ortolani, con saco negro y pantalón blanco, hacía los honores de dueño de casa junto a su mujer Marcella, que había deslumbrado a todas las señoras con aquellos siete hilos de perlas al cuello. No obstante el aspecto viejo y decadente, el hotel Casino Carrasco conservaba aún intacto su encanto. También el chef estaba a la altura de aquella noche. Era óptimo el potaje hispanogermano, con trocitos de ananá fresco. Excelente, naturalmente, el mixto de carne a la parrilla. Faltaba sólo el agasajado, Licio Gelli. Aquella gran cena de primero de año de 1978 era en su honor: su presentación oficial a la sociedad uruguaya. De improvisto, cerca de las 23, la orquesta dejo de sonar. En el fondo del salón apareció Gelli, con traje color crema, sombrero panamá en la cabeza, anteojos con armazón de oro y bastón con pomo de oro centelleante. Caminaba lentamente dando el brazo a su mujer Wanda, enjoyadisima para la ocasión. Ortolani corríó a recibirlo. El le hizo una seña con la cabeza y comenzó a pasar revista a las mesas para las presentaciones. Hablaba con voz débil y pronunciaba alguna palabra de circunstancia; a todos les deseaba “feliz año”. Se aproximó a un diplomático italiano: “¿Cómo están las cosas en Roma?”, le preguntó. “No es un buen momento, comendador”, respondió el diplomático. “Lo sé, lo sé”, dijo Gelli. “Veremos qué se puede hacer para mejorar la situación. Entre tanto ¡diviértase! “A medianoche en punto brindaron con Moët & Chandon producido en la Argentina. Un general uruguayo vestido con ropas civiles se puso de pie y dio solemnemente la bienvenida al “nuevo amigo italiano” y le auguró “grandes éxitos”.

 

A 25 minutos de vuelo de Buenos Aires, después de haber atravesado el estuario del Río de la Plata, el jefe de la P2 habla descubierto en el Uruguay un nuevo paraíso para multiplicar sus negocios. Un país que era al mismo tiempo una inmensa caja fuerte para capitales libres de impuestos y de control y una gran hacienda con vista sobre el Atlántico, con las vacas en el pastizal abundante de los gigantescos latifundios y, los turistas cada vez más numerosos sobre las playas de Punta del Este, una localidad balnearia de moda, conocida también como la “Acapulco del Cono Sur”. En Montevideo había encontrado a su brazo derecho, Umberto Ortolani, una verdadera potencia financiera, con el acreditadisimo y muy dinámico Banco Financiero Sudamericano (BAFISUD): cinco agencias en la capital y cinco sucursales en el interior del país, una filial sobre la avenida Paulista, en San Pablo, Brasil, y dos oficinas de representación, una en Roma y otra en Ginebra. Desde que lo había comprado, a comienzos de 1970, el BAFISUD no había hecho otra cosa que aumentar su movimiento de dinero hasta alcanzar la cifra récord de 1.50 millones de dólares, con capitales especulativos provenientes sobre todo de Italia, como había admitido el mismo Ortolani ante una comisión del gobierno uruguayo. También los partner del Banco eran importantes: Lavorobank, una financiera luxemburguesa controlada directamente por la Banca Nazionale del Lavoro el Banco de Sicilia; la Cisalpine Overseas Bank de Nassau, de Bahamas, propiedad del Banco Ambrosiano de Roberto Calvi y el Banco Occidental de Madrid, dependiente del Banco Ambrosiano.

 

El régimen político del Uruguay era sin duda lo mejor que Gelli podía desear. En el poder, después del golpe de Estado del 27 de junio de 1973, estaban los militares, quienes habían transformado en una dictadura durisima aquella que había sido hasta entonces una isla de civilidad. En el Uruguay, la famosa Suiza de América latina, la mujer había alcanzado la paridad de derechos ya en 1910; el analfabetismo había sido erradicado a fines de 1920 y las instituciones eran un modelo de eficiencia y seriedad. Con los generales, en cambio, habían llegado los escándalos, la corrupción y el peculado. La represión era feroz: cerca de 80.000 personas encarceladas; 60.000 torturadas, 200 muertas bajo tortura; 110 prisioneros oficialmente “desaparecidos”; 15.000 dirigentes políticos proscriptos; 107 decretos de clausura de diarios y revistas. También las condiciones de vida habían empeorado: los salarios habían perdido más del 40 por ciento del poder adquisitivo; 500.000 personas habían sido obligadas a emigrar, los desocupados, sobre un total de 2.800.000 habitantes eran 300.000.

 

Los únicos sectores que habían recibido ventajas eran el gran capital bancario ligado a la especulación financiera y la industria de la conservación de la carne. En total no más de 150 familias. Vivían todas en el residencia de Carrasco, a 10 kilómetros del centro de Montevideo, en el “barrio de los elefantes”, definido así porque allí habitan los “elefantes”, los poderosos del país.

 

También Gelli, que “elefante” se ha sentido siempre, fue a comprar una villa en 1978 entre los pinos y eucaliptos de Carrasco. Quizás era menos bella que la de Arezzo, pero también esta tenía de todo: un panrque grandisimo que ocupaba toda una manzana, la piscina una veintena de habitaciones y por último un pequeño zoo. La pagó 600.000 dólares. Para reestructurarla y arreglarla empleó más de un

año:  hizo traer directamente de Italia los preciados mármoles de Carrara, los muebles seleccionados por anticuarios, los cuadros de autores famosos. Para transportarlos usufructuó de las franquicias de los diplomáticos. Amigos en el ambiente no le faltaban, comenzando por el embajador Emiliano Guidotti, toscano como él, siempre a su disposidón. Logró también hacerse instalar un teléfono conectado al servicio de telediscado internacional. Otro símbolo de poder-. en el Uruguay no lo tienen más de 80 familias. Y de Estados Unidos se hizo mandar una potentísima radio transmisora.

 

Aquella villa, transformada en fortaleza, a sólo 300 metros del palacete estilo morisco de Ortolani, se convirtió en el cuartel general de sus negocios en América latina. Organizó diversas recepciones y huésped fijo era el embajador argentino en Montevideo, Guillermo de la Plaza, ya afiliado a la logia secreta, un personaje clave para entrar en contacto con los generales y ministros más influyentes. También se ligó a los halcones de la dictadura: el ministro del Interior, Manuel Núñez; el director de la Escuela Militar, Alberto Ballestrino; el jefe de la policía de Montevideo, Hugo Arregui, que dimitieron tres meses después, a fines de mayo de 1981, porque estaban comprometidos en un grueso escándalo financiero. Logró además acercarse al generál Luis Queirolo, jefe de estado mayor del Ejército, el hombre fuerte del régimen. Para congraciarse con él, el 28 de diciembre de 1979 lo hizo condecorar con la. “Gran Croce al merito con Spade” por el fiel Ortolani, designado el 19 de julio de 1979 embajador de la Soberana Orden Militar de Malta, quitándole a último momento el puesto a un secretario de la embajada de España, el abogado Medina. Asimismo, estrecha amistad con Pablo Pardo Santallanna, al propietario del Banco Comercial la principal entidad bancaria privada del Uruguay, y editor de dos diarios de Montevideo, “Mañana” y El Diario”.

 

Construida así la red de enlace con las cumbres del país, Gelli creó un imperio de inmuebles y latifundios. “Tierras y departamentos”, repetía frecuentemente, “son las inversiones más seguras”. En pareja con Ortolani fundó 280 sociedades anónimas, con sede en el edificio Artigas, en el centro de Montevideo. Entre las propiedades más importantes está la Cachorro, y se incluyen además de su villa otra treintena de casas en Carrasco, muchas de las cuales fueron compradas a precios irrisorios a los diplomáticos acreditados en el Uruguay. Compró también departamentos y chalés en Punta del Este y haciendas en el interior del país, sobre todo en el Departamento de Soriano. Igualmente adquirió terrenos para hacer importantes especulaciones, como los 1850 lotes ( por un valor aproximado a los 80 millones de dólares ) del conocido Club del Lago. Confió la administración de todos estos bienes a un comerciante de Montevideo, Luis Fugasot, a quien, naturalmente, lo inscribió en su logia.

 

Desde el Uruguay extendió sus ramificaciones al Brasil, a Méjico y a Venezuela, donde adquirió decenas de propiedades en los lugares más elegantes, y una sociedad de import-export. Pero sobre todo Gelli se fijó como objetivo a uno de los 183 propietarios de tierras del Paraguay, otra dictadura de hierro, donde domina de modo absoluto desde mayo de 1954 el general de origen germano Alfred Stroessner que ha fundado su poder en el anticomunismo militante, la rígida aplicación del liberalismo económico el contrabando y la corrupción. El Paraguay debía ser su refugio ideal cuando las cosas se pusieran mal en otro lugar. Stroessner siempre había sido hospitalario con los prófugos millonarios y tuvo en el punto de mira la protección de los perseguidos encolados en el nazismo o en el fascismo: aún hoy viven en las perdidas plantaciones del Chaco paraguayo, sin ser estorbados, criminales de guerra nazis como Josef Mengele, el “angel de la muerte de Auschwitz”, y Eduard Roschmann, el “carnicero de Riga”. Para los neofascistas italianos existe una especie de hermandad con todas las características, también en el nombre, de una logia masónica que asiste y protege a los “socios”: “La Sociedad Italiana Soccorros Mutuo” (Sociedad Italiana de Socorros Mutuos).. Allí están inscriptos desde 1978 Gaetano Orlando, Elio Massagrande y Clemente Graziani, tres de los mayores exponentes de los negocios turbios, requeridos por la justicia italiana para ser sometidos a investigación. “Somos tratados con guante blanco”, ha admitido el mismo Massagrande en una entrevista realizada por un periodista brasileño. Y, francamente, Gelli no podía elegir una compañía mejor.

 

P-2    EL INFORME PARLAMENTARIO ITALIANO

La Cámara de Diputados y la Cámara de Senadores de Italia, ante la magnitud del escándalo protagonizado por Licio Gelli, designaron una comisión bicameral presidida por Tina Anselmi, que trabajó durante dos años, con la ayuda de cuarenta, “comisarios” especializados, para desenredar los hilos del affaire.

 

El 20 de mayo de 1984 se publicó el texto del informe de la Comisión Anselmi en la revista “L’Espresso”. Es la síntesis de unas 500.000 páginas de documentos, testimonios y declaraciones acumuladas por los investigadores, que ocupan un salón entero del Parlamento italiano y es custodiado día y noche por guardias armados. El Informe Anselmi revela” entre otras cosas, las conexiones civiles y militares de la Logia P-2 en el Estado italiano y el grado de peligrosidad que alcanzó la organización dirigida por Gelli en sus intentos de desestabilizar las instituciones republicanas (“Operación Rosa de los Vientos”).

 

Las vinculaciones de la logia se extendían al mundo financiero, a los servicios secretos, a la magistratura judicial, al periodismo, etc. En cuanto a las conexiones de la P-2 con nuestro país, el Informe Anselmi señala la notoriedad de las relaciones de Gelli con el general Perón y el almirante Massera, así como las distinciones de que fue objeto por el gobierno argentino en 1973.

 

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2 comentarios en “Logia secreta P-2 en la Mafia y la Camorra

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