“Operación Princesa” “SNUFF MOVIE” By Raimundo


En España existen más de 400.000 mujeres obligadas a ejercer la prostitución. Más el 90% extranjeras traficadas por mafias. Un alto porcentaje de ellas, de origen sub-sahariano, son víctimas de rituales de brujería como arma de coacción por los traficantes. El periodista Antonio Salas lo vivió en primera persona. Infiltrado en las mafias de trata de blancas, armado con una cámara oculta, vio y grabó esos rituales, y sus grabaciones sirvieron para desarticular alguna de esas mafias del vudú que operaban en España. Este es su testimonio en primera persona.

El grupo —exactamente cuarenta y tres personas, todos varones menos Ana— se dirigió a un extremo de la mansión y empezó a descender por unas escaleras a lo que parecía un semisótano.
Al llegar al final de las escaleras, el motero se encontró con una amplia estancia perfectamente iluminada, con una serie de ventanas en la parte superior. Le sorprendió su asepsia. Aquello no se parecía a ningún sótano que hubiese visto antes.
En el centro de la sala, como único mobiliario, una camilla con el cuerpo desnudo e inerte de una joven. Parecía dormida. Quizá algo peor. A un par de metros, una cámara de vídeo colocada sobre un trípode. Al fondo, pegada a la pared, una mesa auxiliar con lo que parecía material quirúrgico, y varias filas de sillas ordenadas como en un anfiteatro.
Inevitablemente, aquel lugar le recordó más un siniestro quirófano, habilitado para ofrecer a los estudiantes una clase magistral de cirugía, que un trastero subterráneo.
Uno a uno, siguiendo las indicaciones de don Pablo, todos los asistentes comenzaron a pasar ante el cuerpo de la chica. La rodeaban despacio. Se detenían unos segundos, contemplaban su desnudez como deleitándose en cada detalle de su piel joven, y después acudían a tomar su lugar en los asientos. Cuando le tocó el turno al motorista, se fijó especialmente en los pequeños senos y en el vientre de la chica. Al menos respiraba. Estaba viva.
Ana y Ángel fueron los últimos en tomar asiento, en la última fila, justo mientras el anfitrión cruzaba la estancia para hablar con un extraño personaje que aguardaba en el fondo, vestido con una especie de traje ceremonial. El motero aprovechó ese momento para acercarse a la española, bajando todo lo posible el tono de voz.
—Por favor, dime qué está pasando aquí. Esto me da muy mala espina.— Escúchame, y escúchame bien. Lo que vas a ver ahora es muy desagradable, pero tienes que aguantarlo —le repitió—. No te vengas abajo y sobre todo no hagas ninguna tontería o nos pondrás en peligro a los dos.
Y recuerda, esto no es lo que parece…
—Pero ¿qué quieres decir? ¿Qué coño significa eso?
No hubo tiempo para más preguntas: el banquero se acercaba de nuevo, acompañado por uno de los camareros. Susurraba algo a los invitados. Al hacerlo, iba recogiendo una pequeña píldora de un cuenco que portaba el camarero en la bandeja, y se la colocaba a los invitados en la boca mientras pronunciaba solo dos palabras…, «Santa Muerte». Después les acercaba un vaso con agua de la misma bandeja, para que el participante se tragase con mayor facilidad la píldora.
Cuando llegó el turno de Black Angel, el motero lo tenía claro.
Evidentemente, no tenía ninguna intención de ingerir aquella mierda. Se metió la pastilla en la boca, se acercó el vaso a los labios y simuló engullir.
Pero su plan salió mal.
De pronto sintió un fuerte golpe en la espalda. Le cogió desprevenido
y no pudo evitar tragarse la pastilla que pretendía ocultar en la boca, a la espera del momento de escupirla. Don Rómulo, astuto, se había acercado por detrás y le había propinado un fuerte manotazo, mientras reía con simulada satisfacción felicitando al español por entrar en su pequeña familia. Y Ángel supo inmediatamente que lo que parecía un espontáneo cachete cordial en realidad tenía por objeto asegurarse de que el novato cumplía con todos los pasos del proceso y se comía aquella maldita píldora.
Correspondió al efusivo abrazo del Matagentes intentando mantener una sonrisa, pero en ese instante solo podía pensar en qué demonios sería aquella mierda que había engullido, y cuánto tardarían en hacerse evidentes sus efectos.
Los espectadores se hallaban a unos metros del centro de la estancia.
Todos guardaban silencio. Entonces el anfitrión miró a don Rómulo, este asintió con la cabeza, y el banquero apagó la cámara e hizo una seña al hombre de las vestiduras extrañas. Y comenzó el ritual.
El hombre se puso en pie, se acercó al centro de la estancia y empezó a recitar unas extrañas letanías en náhuatl, totalmente incomprensibles para el motorista, mientras agitaba una especie de maraca o carraca que emitía un sonido ronco y rítmico. Se movía de forma cada vez más convulsa, como si tratase de imitar algún tipo de trance místico, en una danza siniestra que a Black Angel se le antojaba ridícula.
De hecho, comenzó a sentir una extraña euforia. Sabía que era totalmente inapropiado, pero el espectáculo del santón solo le producía unas ganas, cada vez más incontenibles, de romper a reír. De carcajearse de aquel espectáculo grotesco. No tardó en relacionar aquella euforia, y la sensación de que todos sus sentidos se estaban acentuando, con la maldita píldora que se había tragado unos minutos antes. «Controla, Ángel, controla», se repitió varias veces intentando no perder los estribos, pero desde lo más profundo de sus entrañas algún tipo de reacción incontrolable estaba alterando totalmente su percepción de la realidad. Las luces de la estancia eran cada vez más brillantes, y el rítmico sonido de aquella maraca parecía aumentar de volumen en cada movimiento, haciéndose más definido y permitiéndole percibir infinidad de matices, como si pudiese
descifrar, en cada giro de mano del danzante, cuáles eran las piezas de su instrumento que se rozaban entre sí para emitir aquel ruido que llenaba cada rincón del subterráneo. Rac, rac, rac…
El tipo terminó su letanía y regresó a su lugar en el fondo del salón. Y de nuevo todo se llenó de un denso silencio. Por un instante, al motorista, aquel recinto dejó de recordarle a un quirófano para asemejarse más a un siniestro sepulcro. En ese momento uno de los gatilleros se acercó a la cámara de vídeo y volvió a encenderla: Ángel pudo escuchar con toda claridad cómo se activaba el motor de la videocámara y casi pudo percibir el sonido de cada uno de los engranajes que hacían girar la cinta magnetoscópica, el zoom del objetivo al hacer foco automáticamente y el leve crujido del trípode al soportar las imperceptibles vibraciones del mecanismo.
Se sacudió la cabeza y se frotó los ojos con energía. Era evidente que
aquella droga estaba haciendo efecto. Buscó los ojos de la española,
sentada a su lado. Ana mantenía las mandíbulas apretadas y el rictus de tensión contenida, como una luchadora a punto de saltar sobre su presa. Le devolvió la mirada. Y de nuevo aquel leve movimiento de cabeza. Era una señal, tenía que serlo. Como la que le había lanzado frente al foso de los caimanes o en el despacho del Matagentes. Como si quisiese decirle: aguanta, mantén el tipo, resiste… Como si la única mujer presente en aquella siniestra reunión hubiese bajado a aquel sótano solo paracerciorarse de que él podía soportar la prueba que se avecinaba.
Y lo intentó. De veras lo intentó. Procuró por todos los medios que los
efectos de aquella sustancia no obnubilasen su percepción de la realidad, pero el espectáculo no había hecho más que comenzar.
De repente se abrió una puerta lateral en la estancia, y entraron tres fornidos gatilleros arrastrando a dos jóvenes. Apenas unas niñas. Ángel calculó que tendrían trece o catorce años, quince todo lo más. Llevaban las manos atadas a la espalda y una mordaza amortiguaba sus gritos de terror.
Uno de ellos acercó un objeto a la nariz de la muchacha desnuda que todavía se encontraba en la camilla. Algún tipo de reanimador, dedujo el motero cuando la joven comenzó a moverse y a recuperar la conciencia. Al menos parcialmente, porque era obvio que estaba muy drogada.
Los sicarios colocaron a las niñas frente a los asistentes y aguardaron.
Sin decir palabra, el Matagentes hizo una señal con la mano a don Pablo y señaló después a las jóvenes. Le estaba invitando a escoger entre ellas.
Ángel se fijó en su expresión: era evidente que él también había consumido la misma droga. Sus pupilas estaban dilatadas por completo, y su rostro reflejaba una profunda excitación. Igual que el resto de los presentes. Solo don Rómulo parecía mantener el control. Ángel intuyó que el muy cabrón era él único que no había tomado aquella pastilla.
El banquero escogió a la chica de la izquierda, y a las otras dos las condujeron de vuelta a la puerta por la que habían entrado, desapareciendo tras ella. A partir de ahí comenzó la barbarie.
El sicario empujó a la joven al centro de la sala, frente a la videograbadora, y le quitó la mordaza. Era obvio que sus gritos formarían parte del espectáculo. La joven empezó a suplicar: hablaba español con un marcado acento mexicano, pero nadie parecía escuchar sus ruegos. Con cierto desdén, como el funcionario acostumbrado a repetir miles de veces el mismo procedimiento, el gatillero empezó el show. Se colocó detrás de ella para no entorpecer el tiro de cámara, pegó su pecho a la espalda de la niña y con un movimiento rápido le abrió la camisa, rompiendo todos los botones. Luego le rompió el sujetador, ofreciendo sus pequeños senos a las lascivas miradas de los presentes. A continuación le bajó los pantalones, y después las braguitas…
Fue entonces cuando Black Angel se dio cuenta del contenido de la bandeja metálica colocada sobre la mesita auxiliar. Como si realmente uno de los efectos de la droga ingerida fuese acentuar su capacidad de visión.
Alicates, grilletes, bisturíes, tijeras, bastones y penes de látex…
De pronto alguien empezó a aplaudir, desbordado por la testosterona, y comenzó la locura. Otro de los presentes echó a caminar hacia la joven, que tenía los ojos desencajados por el terror, y mientras se acercaba se bajaba la bragueta del pantalón. Los demás también se acercaron un poco, más tímidamente: querían ver desde más cerca, ya les tocaría el turno de participar. Allí dentro todo estaba permitido. Incluso las perversiones más inconfesables.
Ángel no lo soportó más. Aquello iba más allá de lo que estaba dispuesto a consentir. Ningún trabajo justificaba sobrepasar ciertos límites.
Hizo el ademán de dirigirse hacia el centro de la sala para evitar lo inevitable, o al menos para intentarlo, pero no pudo avanzar más de dos pasos. Aprovechando que todos los presentes estaban concentrados en la desnudez de la joven, Ana se había colocado justo detrás de él, y en cuanto se percató de sus intenciones disparó su puño directamente a la base de la nuca del motorista, que cayó como un fardo en cuanto recibió el brutal impacto.
A partir de ese instante todo fue confuso.
… semiinconsciente atontado por el efecto de la droga incapaz de reaccionar entreabriendo los ojos entre desmayo y desmayo imágenes difusas de cuerpos desnudos esperma sangre carcajadas todo se entremezclaba suspiros de placer atroces alaridos gritos infantiles suplicando compasión el rostro de don Rómulo el miedo el Matagentes
acercándose colocándole en los labios un cuenco con un líquido rojo pastoso caliente los gritos de las niñas las risas… «Beba, mijo, beba… Santa Muerte.»
Su último recuerdo, las palabras pronunciadas por la mujer que le había golpeado por la espalda con la fuerza de una apisonadora: «Nada es lo que parece…». Quizá todo aquello solo fuese un mal sueño. Ojalá solo fuese un mal sueño.

Adaptada a la ficción hechos reales tal como hace la duquesa Luisa Isabel en “La Ilustre Degeneración”.

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En España, en la vieja Europa se cometen estas atrocidades el S.R Carlos Fabra No solo tenia Castellon como punto de encuentro y referencia si no también la “comunidad valenciana”También tenia residencia en Madrid.pero de esto hablaremos mas adelante dejo esta pequeña introducción con mal sabor de boca.

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Juan Ignacio Blanco: ” Sectas, Satanismo y Crímenes Rituales en Andalucía”

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